Benedicto XVI ha publicado recientemente una encíclica “Deus caritas est”, que consta de 79 páginas y dos partes en las que habla sobre el amor en dos formas distintas: individual y el ejercido por la iglesia.
En la primera parte define el amor más ideal como aquel amor entre hombre y mujer implicados en cuerpo y alma, erótico y orientado hacia el matrimonio monógamo. También define el eros, que define como el amor en sí, como “ocuparse de otro”.
En segunda parte en cambio, hace referencia al amor que ofrece la iglesia, cuya labor es orientar en la lucha por la injusticia. El camino no es la caridad, ya que solo sirve para paliar y prolongar la injusticia. Finalmente concluye que Estado y la Iglesia han de cooperar contra la injusticia. Aclara que el Estado de acuerdo con el principio de subsidiariedad, debe apoyar a la Iglesia, por ser una fuerza social, que además no está sujeta a la política y que es labor de la política establecer un “orden justo de la sociedad y del Estado”. Por último cita a San Pablo, para argumentar que el amor está por encima de todo lo que se pueda poseer.
Como complemento del texto, a pie de página, se nos ofrecen tres descripciones orientativas sobre el contenido de otras encíclicas redactadas por tres papas anteriores. En ellas se puede apreciar como por una parte la iglesia hace frente a las realidades sociales, asimilando poco a poco las novedades frente a la tradición: desde la incorporación de la mujer al mercado laboral, el estado catastrófico de posguerra, la importancia del hombre y sus consecuencias. Por otra parte implicándose en los trastornos más problemáticos de cada momento, dando apoyo, proponiendo soluciones o simplemente reflejando lo que a veces no somos capaces de ver, porque no queremos o no podemos.
En definitiva, a pesar de que las ideas de la iglesia sean en ocasiones acusadas de anticuadas o retrógradas, queda escrito y reflejado en éstas encíclicas como realmente existe una apertura a nuevas ideas de forma que encaja cada vez más en la sociedad. De hecho, como nos plantea el texto, política e Iglesia luchan por la misma causa: progresar hacia el fin de la injusticia. La gran diferencia es que la iglesia no está corrompida por el favoritismo de ningún político, ya que es independiente aunque no suficiente para luchar en solitario. Quizás la idea no sea muy original, ya que el mensaje de amor con el que partió es el que conserva hasta ahora y posiblemente, razón por la cual esa manera de perdurar deba seguir así, pero llevada a la practica, no ignorada, para que todo sea justo e ideal, para que junto con el Estado y la Iglesia vivamos todos felices y unidos sobre el mismo suelo… Desgraciadamente éste ideal, está lejos de la realidad del día a día: guerras, hambre, pobreza, abusos, egoísmo, etc. Injusticia ignorada que nadie quiere ver. La justicia, la libertad y el bien en armonía, difícilmente dejará de ser una hermosa utopía.
De una forma o de otra, aunque no se consiga vencer la batalla, si no se lucha, ya está perdida, solo andando se hace el camino y cada paso al frente estará un poco más cerca de la meta. Si la meta perdura, siempre es posible alcanzarla, pero no cae del cielo.

Escribe un comentario